REGRESO AL INICIO. Por Amrai Coen (NEON)

Amrai Coen es una periodista germanomexicana que reside en Hamburgo. Ha trabajado para Der Spiegel, Die Zeit y GEO. El siguiente reportaje fue publicado en el bimensual francés NEON en su reciente edición de octubre-noviembre. EUROPAFOCUS lo reproduce con autorización de la autora.

TIJUANA.- Hace 38 horas que Maldonado está detenido en una célula para doce detenidos. La atmósfera es pesada y húmeda y huele a orines.  Está empapado en sudor, le duele el estómago de hambre y el corazón de tristeza. Según la ley federal de Estados Unidos, él es un criminal. Infracción “8 USC § 1325- Improper entry by alien”, entrada ilegal de un extranjero sobre suelo estadunidense.

“¡Leoncio Gaspar Maldonado!”, grita un funcionario. Maldonado se levanta y lo sigue. En el camino va perdiendo los zapatos de cuero y los pantalones de mezclilla se le van cayendo. Los policías le quitaron sus agujetas y su cinturón para evitar que se cuelgue. Toman sus huellas dactilares, escanean su iris y fotografían su rostro. Un metro 64, cabello muy corto, empaste en el incisivo izquierdo.

La información es comparada con la base de datos del FBI. La computadora indica: “Encontrado”. Hace dos años, en Florida, Maldonado se había pasado un semáforo en rojo. Había pagado una multa sin hacer escándalo y nadie había verificado su permiso de residencia. “¿Estabas ya en el país?”, pregunta el funcionario en español. Él asienta con la cabeza.

Estamos en el verano de 2009 y es la segunda ocasión que Leoncio Gaspar Maldonado intenta ingresar a suelo estadunidense. La primera vez fue en 2001 y no funcionó. Obrero agrícola en Florida, Michigan y otros estados, en función de las cosechas, él ganaba casi diez dólares la hora: diez veces más que en México.

Durante 8 años, envió dinero a su familia en Santo Domingo, en Oaxaca, después de haber pagado su renta, el teléfono y algo qué comer. Los domingos hablaba 15 minutos con su familia, que no tenía teléfono, desde la casa de los vecinos. Para Maldonado, sus hijos eran dos voces que se iban haciendo cada vez más graves con los años. Pero un domingo de 2009 la madre de Maldonado no pudo hablar con él.

“Está ocupada, pero está bien”, le dijo la vecina.

“Está ocupada, pero está bien”, le dijo su hija.

“Está ocupada, pero está bien”, le dijo su hijo.

“Ella no está ocupada y ella no está bien”, pensó Maldonado.

No perdería a su madre sin haberla visto una última vez: 4 mil kilómetros en dirección del sur, en autobús de la línea Greyhound y en aventón. Nadie echa un vistazo a sus papeles en el puesto fronterizo. Cuando habla otra vez a su casa, él ya está en México.

“Tu mamá está mejor –lo tranquiliza la vecina–; estaba en el hospital, te la paso”.

“Mi hijo”, dice ella apenas tomando el teléfono. “¿Estás en México? No regreses a la casa, te lo suplico. Necesitamos dinero, si no ¿cómo vamos a mandar a tus hijos a la escuela?”.

“Hubiera pensado antes de dejar Estados Unidos”, admite Maldonado. Durante dos meses erra en el norte de México, vende periódicos, trabaja en construcciones, se dedica a la plomería. “Allá, no haces más que trabajar y no ganas nada de dinero”.

Maldonado quiere regresar a Estados Unidos. Pero 8 años después de que cruzó por primera vez la frontera se ha vuelto prácticamente imposible entrar sin papeles. Mientras tanto, el número de guardias fronterizos es ahora el doble. En total, 18 mil policías vigilan 3 mil kilómetros de alambrado. En los estados del sur de Estados Unidos se toman medidas severas contra lo que muchos ven como “una invasión extranjera”. Unos 400 mil inmigrantes ilegales fueron expulsados de territorio estadunidense en 2011.

“Vamos”, se dice Maldonado mientras escala por segunda vez en su vida la valla de seguridad. Son las dos de la mañana. La Interestatal 10, la principal arteria vial del sur de Estados Unidos, no está más que a unas pocas horas a pie. Al borde de la carretera, seguramente encontrará un conductor que le dé un aventón a la ciudad más cercana. Después él se volatilizará en autobús en la red carretera estadunidense.

De pronto, unos faros encendidos. Maldonado se tira al suelo y guarda la respiración. Escucha ruidos de motor, ladridos, pasos que se aproximan: cuando Maldonado cuenta su fuga, ésta parece una película de suspenso. Un hocico húmedo se pega contra su oreja. “Sube al camión”, le ordena un guardia fronterizo. Destino: el centro de detención.

La historia de Maldonado comienza años atrás, en Santo Domingo, un pueblo al sur de México. Ahí se vive con menos de dos dólares por día. Abandona la escuela después de la primaria, se vuelve plomero y luego padre de dos niños. Bebe mucho y su esposa lo deja. Solo, con sus dos pequeños de 3 y 4 años, está abrumado. Los confía a su madre para seguir una cura de desintoxicación. Cuando regresa, no encuentra empleo. Su familia tiene para comer arroz y frijoles, pero no suficiente dinero para enviar a los niños en la escuela.

Cada mes, un autobús sale hacia el norte. En su interior, hombres jóvenes en camino a Estados Unidos. Las familias que tienen a alguien “allá” ven sus casas de barro transformarse en casas de piedra. En sus platos, el pollo reemplaza los huevos. Aquellos que regresan comentan: las calles están limpias, siempre se tiene un fajo de billetes en el bolsillo. Muestran fotos de autos deportivos, de vistas de Las Vegas.

2001. Maldonado se va sin decir realmente adiós, sin afección y sin abrazos.  Como si fuera a regresar un poco más tarde. En su espalda, una mochila de tela. Dentro, una playera, un par de pantalones de mezclilla, dos latas de frijoles, dos litros de agua y diez tortillas.

El autobús resuena tres días y tres noches antes de llegar a Nogales, ciudad fronteriza donde vive su prima. Ella le encuentra un “coyote”. El hombre le pide mil 500 dólares para llevarlo a Phoenix, Arizona. Maldonado no tiene ni cinco dólares en la bolsa. No importa: “Me pagarás trabajando cuando estés allá”.

Durante tres noches, Maldonado y otros tres mexicanos atraviesan el desierto. Durante el día se acuestan en el suelo, se camuflajean con la tierra y las ramas secas. La temperatura trepa, entre 40 y 50 grados centígrados. En promedio, un migrante muere cada día de sed o de insolación bajo el sol hirviente. El cuarteto llena las botellas en charcos de agua estancada y come tortillas con moho. El “coyote” mata tres serpientes. Maldonado: “Creí que iba a morir”.

Primera escala estadunidense: un basurero. Los hombres se quitan la ropa sucia y la dejan enmedio de las inmundicias. En una gasolinería, un autobús Greyhound los espera. El “coyote” ha organizado todo. Maldonado y los demás se mezclan entre los pasajeros. El conductor les hace una seña con la cabeza: hay una lata de Coca Cola y una hamburguesa sobre sus asientos.  Desde entonces, esa es la comida preferida de Maldonado.

En Phoenix encuentra un trabajo en un campo de melones. Con otros nueve trabajadores agrícolas mexicanos se instala en una caravana. Ambiente de compañeros de habitación: el dinero se colecta en comunidad. Compran una televisión y un radio, hacen de comer juntos.

Maldonado gana 7.35 dólares por hora, una fortuna para un obrero. Cuando termina la temporada, toma la carretera para recolectar fresas en Florida, recoger cebollas en Georgia y cosechar calabazas en Michigan. Cada mes envía 400 o 500 dólares a su casa. Sus deseos aumentan con su salario. Al final de un año, se compra una Van Dodge blanca.  Un poco después un Ford Mustang rojo. Una vez por semana se compra una hamburguesa doble Whopper en Burger King. Aprende dos palabras de inglés: very good.

Jaula dorada: en Estados Unidos, los inmigrantes clandestinos tienen acceso a todo lo que quieran. Ropa de marca, lectores DVD, automóviles… pero no pueden moverse libremente. Pasarse un alto, conducir sin permiso: el menor paso en falso puede conducir a la expulsión. El miedo empuja a muchos a quedarse encerrados en sus casas. No a Maldonado, incluso si vive a la sombra de la sociedad.

¿El precio de su segunda entrada a Estados Unidos? Cuarenta horas en una célula colectiva, después un camión con rejillas lleno de unos sesenta mexicanos esposados. Son liberados en la frontera, sobre el camino de San Diego. Bievenido a Tijuana, una ciudad que es sinónimo de droga y de prostitución: tugurios pegados unos a otros, medio millón de habitantes. Aquel que tiene la mala suerte de aterrizar ahí, quiere irse lo más rápido posible.

Maldonado decidió regresar a su casa y jamás volver a Estados Unidos. Terminaron las humillaciones como en la prisión. “¡Pero mírate!”, le soltó un policía. “Tú ensucias nuestro país”. Ese día de septiembre de 2009 estaba decidido, él regresaba a casa.

Llegada a Santo Domingo. Los últimos pasos son los más duros. Sus pies se quedan adheridos al suelo como ventosas. Su familia no sabe nada de su regreso, no tenía dinero para prevenirlos por teléfono.

Los muros de la casa son ahora de piedra. La puerta es de fierro: “Eso también, es nuevo”, piensa. Toca. Un hombre viejo arrastra los pies hasta la puerta, deja entrar a Maldonado, murmura y desaparece en la noche. Es su padre. Él no lo apretó en sus brazos, no le cerró la mano, no lo abrazó. Maldonado alza los hombros, se esfuerza en sonreir. “Hola, soy tu papá”, le dice a la jovencita que está parada frente a la casa, bajo la luz de neón. Él le tiende la mano. “No, no es cierto, mi padre es él,¡ allá!”, le responde ella señalándole a su abuelo, en la oscuridad. “¿Y  tú qué haces aquí?”, le reprocha su madre. “Yo creía que habías logrado pasar otra vez del otro lado”.

Maldonado observa los muebles. La tele es nueva, el refrigerador también. Adentro: un tomate y una cebolla. Hay cosas que no cambian. ¿Dónde quedó el dinero que envió durante todos estos años? “Los uniformes, los cuadernos de la escuela, eso cuesta caro”, le responde su mamá. “Y compramos dos parcelas, para cultivar maíz”. Su padre pasa los días en la cosecha, su madre hace tortillas para vender. Ella gana ocho dólares por día; la escuela de los niños cuesta tres.

“¿Estás seguro que no quieres volverte a ir?”, le pregunta algunos días después su madre. “La semana pasada otro autobús se fue al norte”. “No”, grita Maldonado. Va a buscar trabajo, quizá como plomero en un pueblo vecino. Los días pasan y él no busca nada. Aquí, en México, el salario no le conviene. Está acostumbrado a ganar diez veces más en el norte de la frontera. ¿Y cómo debe comportarse con sus hijos? “Ellos están ya grandes, mi hija de 14 años se ha convertido en una mujer”, constata. Cuando él le pide que arregle su recámara, su madre se enoja. “¡No comiences a querer educarla, nunca te ha gustado eso!”.

A él le gustaría mucho tomarlos entre sus brazos, pero le da miedo que se molesten. “Ellos no muestran ninguna ternura hacia mí”. Todos los días, a la salida de la escuela, él se pasea con ellos, monta los árboles, hace burbujas de jabón. “Es como un tío buena onda”, dice su hijo Alejandro. Él lo llama “tío”.

En el pueblo, le hablan como si nunca se hubiera ido. Casi todas las familias del lugar tienen un familiar en Estados Unidos. Los inmigrantes mexicanos enviaron más de 20 mil millones de dólares al país en 2011. Es la segunda fuente de ingresos de México, después del petróleo. Maldonado: “Antes, las calles estaban cubiertas de tierra, hoy están pavimentadas”.

Durante la fiesta del pueblo, Maldonado les da unas monedas a sus hijos. Ellos regresan con papas y Coca Colas. “Gracias papá”, le dice Alejandro. Es la primera vez que lo llama papá. “Comienzo a estar contento de que haya regresado”, dice sonrojado el muchachito. Él le da unos golpecitos a su papá en las costillas. Maldonado sonríe, aliviado.  Durante un instante, ha regresado a su vida anterior. “Voy a buscar una mujer del pueblo, me voy a casar, a ocuparme de ella y de mis hijos”. Después duda y se guarda silencio. Sabe que aquí, un hombre necesita dinero para encontrar una mujer. La semana que entra, un autobús parte hacia el norte. “Puede ser que lo tome”.

2011. Todavía sin trabajo. Maldonado decide volver a irse al norte. Con cinco hombres y una mujer, atraviesa la frontera por tercera vez. Tres días y tres noches de caminata, está nuevamente sobre territorio estadunidense. Un guardia fromterizo los detiene el cuarto día. Maldonado es encerrado tres meses en un centro de detención. Esta vez él está decidido. No volverá a atravesar nunca más la frontera de manera ilegal. “Estoy seguro, completamente seguro”, dice Maldonado.

De vuelta en casa, él busca, busca. Después de cinco meses se convierte en el “multiusos” de una fábrica de cemento en un pueblo próximo de Santo Domingo. Limpia el sitio, prepara el cemento y repara las tuberías de agua. 220 dólares por mes. Sale de su casa a la siete de la mañana y regresa a las siete de la noche. Su hijo está en secundaria, su hija en la preparatoria. “Mi hijo ya no tiene necesidad de irse”, cuenta la mamá de Maldonado. “Sus hijos son casi adultos, pueden arreglársela solos”. Cuando se le pregunta al hijo de Maldonado si se imagina vivir en Estados Unidos, él responde: “Sí, algunos años”. Cuando haga falta pagar la escuela para sus propios hijos y quiera construir una casa (Traducción: Marco Appel).

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