ARCHIVO EUROPEO: Cuando se volvió incómodo…

Posted on 21 mayo, 2012

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Durante 13 años, Radovan Karadzic, expresidente del Estado Serbio de Bosnia, fue uno de los “criminales de guerra” más buscados por la justicia internacional. En los hechos, el gobierno serbio lo protegía. Contaba para ello con la complicidad de Estados Unidos y Rusia, entre otros. Sin embargo, Karadzic empezó a volverse incómodo: sus colaboradores –enquistados en el poder político y empresarial de Bosnia– obstaculizaban las reformas económicas que Occidente esperaba de este país. Luego, tras la salida del primer ministro Vojislav Kostunica, quedaron fuera del poder los hombres que lo protegían y él mismo se convirtió en un obstáculo para el ingreso de Serbia a la Unión Europea.
(Articulo publicado en la edicion del 17 de agosto de 2008 de la revista PROCESO)
(Leer posteriormente extracto del libro de Florence Hartmann publicado en la misma edición de la revista PROCESO)
BRUSELAS.- La tarde del 17 de julio pasado, agentes serbios de inteligencia contactaron al presunto criminal de guerra Radovan Karadzic: “Señor –le comunicaron–, a partir de hoy deja de estar bajo la protección del Servicio de Seguridad e Información de Serbia”, afirma el prestigioso semanario alemán Der Spiegel en un reportaje publicado el pasado 29 de julio.

Tal organismo estaba al tanto de que Karadzic –quien hacía por lo menos dos años residía en Belgrado– era el falso doctor Dragan Dabic, un supuesto especialista en medicina natural, meditación oriental y “energía cuántica humana”. Dicha identidad le fue atribuida por el propio Servicio de Seguridad e Información de Serbia (BIA, por sus siglas en serbio), que le expidió además papeles oficiales de identificación el 20 de abril de 1999, como confirmó el Ministerio del Interior.

Ante la advertencia de los servicios secretos serbios –prosigue el semanario–, Karadzic decidió huir del país, por lo que compró un boleto de autobús con destino a Split, Croacia.

Al día siguiente, dejó el modesto departamento de la calle Yuri Gagarin número 19, la misma calle donde vivió el general Ratko Mladic, también prófugo de la justicia internacional. Karadzic llevaba 930 dólares en su cartera, con la intención de pasar una corta estancia en el balneario de Vrdnik, en la provincia serbia de Vojvodina, en donde vive el verdadero Dragan Dabic, un trabajador de la construcción casi de su edad, casado y con dos hijos.

Al anochecer, abordó el camión número 73 con dirección a Batajnica, en los suburbios de Belgrado. Eran las 9:30 de la noche cuando seis agentes serbios subieron al camión y se dirigieron a él, quien al verlos entró en pánico: “Tranquilo, viejo –le dijeron, según varios testimonios de pasajeros a los que tuvo acceso el semanario alemán–; te hemos estado observando desde hace 15 días”.

El 21 de julio, el gobierno serbio anunció la captura de Karadzic, quien fue extraditado a La Haya el 30 de julio. Un día después fue presentado ante el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY), donde deberá responder a las 11 acusaciones que desde 1995 pesan sobre él, entre ellas genocidio y crímenes contra la humanidad, cometidos durante la guerra en Bosnia de 1992 a 1995, cuando era presidente del autoproclamado Estado Serbio de Bosnia.

Esa serie de hechos ha transcurrido sin que, hasta ahora, se haya desencadenado “el baño de sangre” con el que amenazó Karadzic en 1996 si alguien se atrevía a intentar su captura.

¿Qué ocurrió con la poderosa red de protección que le permitió a Karadzic evadir la justicia durante 13 años?

Entre 2000 y 2006, Florence Hartmann fue portavoz de la procuradora del TPIY, la suiza Carla del Ponte, a quien sustituyó el pasado 1 de enero el belga Serge Brammertz.

Corresponsal del diario francés Le Monde en Yugoslavia durante los años noventa, Hartmann –quien desde su cargo en el TPIY tenía acceso a reuniones privadas e información privilegiada– publicó el año pasado el libro Paz y castigo: las guerras secretas de la política y la justicia internacionales. Le dedica un capítulo a Karadzic. Narra, de manera pormenorizada, la falta de cooperación del gobierno de Bill Clinton y George W. Bush con el TPIY; los obstáculos, a veces grotescos, que éstos pusieron a Del Ponte para impedir la captura de Karadzic; la indecisión del presidente francés Jacques Chirac para actuar en su contra, y la protección que de plano el presidente ruso Boris Yeltsin ofreció al prófugo de la justicia.

Hartmann escribe que fue tanta la energía que gastó Washington para evitar la detención del expresidente serbio-bosnio, que Del Ponte llegó a creer en la veracidad del acuerdo de inmunidad que Karadzic dice haber pactado en 1996 con el enviado estadunidense Richard Holbrooke, a cambio de que firmara los Acuerdos de Paz de Dayton –que el 14 diciembre de 1995 pusieron fin a tres años y medio de guerra en Bosnia– y se retirara de la política.

Protección costosa

En entrevista con Proceso, Hartmann señala que “existía una leyenda alrededor de Karadzic, según la cual era un maestro para esconderse: hoy sabemos que esa percepción era equivocada y que su red ya no era tan eficiente. Pero la forma en que ella estaba exactamente organizada lo vamos a descubrir durante el juicio” ante el TPIY.

No obstante, agrega Hartmann, hay algunos elementos disponibles:

“Karadzic tenía el apoyo, bastante público, de un grupo minoritario de intelectuales que lo sostuvo en su política de limpieza étnica. Sus editores publicaron sus libros –novelas para niños y poesía– mientras él era un prófugo, lo que significa que vivía en condiciones para poder escribir y comunicarse con ellos.”

De acuerdo con una nota publicada el 23 de julio en el diario independiente serbio Danas, tal grupo se aglutina en torno al “Comité Verdad para Radovan Karadzic”. Éste lo integran, entre otros, el poeta Brana Crncevic, el jurista Costa Cavoski y el escritor Momo Kapor, consejero de Karadzic durante la guerra y quien –según Danas– escribió que “entregar a Karadzic al TPIY sería como entregar a Robin Hood a los jueces de Nottingham”.

Hartmann añade: “Esta red, con vínculos estrechos con los medios políticos que garantizaban la protección de Karadzic, también se ocupaba de divulgar documentos de descargo y sabotear cualquier investigación en Bosnia. Muchos de los libros de Karadzic fueron concebidos como una preparación de su defensa ante los tribunales. En ellos, Karadzic anunciaba lo que pensaba decir ante un eventual juicio. Siempre niega su responsabilidad en los hechos que se le imputan”.

–Cuando Karadzic fue arrestado no lo cuidaban guardaespaldas y no viajaba en un automóvil blindado con chofer, como lo llegó a hacer durante varios años, aún siendo un prófugo de la justicia, comenta el corresponsal a Hartmann.

–Karadzic dejó de utilizar ese tipo de protección desde 2005, por lo menos, cuando se transformó en el doctor Dragan Dabic. Durante muchos años, Karadzic vivió una clandestinidad dorada. El TPIY tiene cartas personales que Karadzic escribió a su esposa, Ljiljana, entre 2000 y 2002. En ellas le habla mucho sobre cuestiones económicas: le pide comprar un terreno, administrar una casa, encargarse de alguna empresa, invertir dinero aquí o allá. Puros negocios.

Hartmann abunda en detalles en su libro. Relata que en marzo de 1998 –justo después de que Karadzic regresara a Bosnia tras unos meses de autoexilio en Bielorrusia, con el patrocinio del entonces presidente ruso Boris Yeltsin–, Momcilo Krajisnik, considerado la mano derecha de Karadzic, pidió 1 millón de euros a Nikola Sainovic, viceprimer ministro del entonces presidente Slobodan Milosevic, con el propósito de “participar en la protección jurídica” del presunto genocida.

Un mes más tarde, el antiguo banco de Milosevic, el Beogradska Banka, dirigido por su amigo Borka Vucic, transfirió esa cantidad a Momcilo Mandic, el exministro de Justicia de Karadzic, a través del Banco Comercial de Serbia en Sarajevo. De manera oficial, el dinero fue destinado como un préstamo para la “reconstrucción de la parte Serbia en Sarajevo”, el cual nunca fue reembolsado.

Hartmann se refiere a otro apoyo económico fundamental para Karadzic: el de su antiguo jefe de policía, Dragomir Kojic.

Kojic –quien participó junto con sus hombres en la siembra de minas durante el cerco de Sarajevo– fue director de Unipak, una compañía dedicada a desactivar tales artefactos explosivos abandonados en Bosnia. Dicha empresa ganó millones de dólares trabajando para Ronco –una firma estadunidense especializada en operaciones humanitarias de extracción de minas– y para su división griega Ronco/IMI.

En esa época, la primera recibía subvenciones del Departamento de Estado estadunidense y la segunda de la Unión Europea.

–Usted asegura que las grandes potencias –Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, sobre todo– comenzaron a interesarse en la maquinaria financiera de Karadzic hasta 2003, ocho años después de su inculpación, cuando parecieron darse cuenta de que sus más cercanos excolaboradores durante la guerra habían llegado a controlar la economía de la parte serbia de Bosnia.

–Fue en ese momento, muy tardíamente, que la comunidad internacional reaccionó. Poco a poco fue desmantelando la estructura financiera de Karadzic. La gente implicada, toda muy cercana a Karadzic, que tuvo puestos en su gobierno durante la guerra, se convirtió en el blanco de la policía financiera en Bosnia-Herzegovina, pero más que nada porque sus actividades bloqueaban las reformas económicas.

Hartmann expone que, a mediados de 2003, Kojic entró en la lista de personas sospechosas de financiar la fuga de Karadzic, por lo que se le prohibió ingresar a los países de la Unión Europea y a Estados Unidos.

“Un momento importante se produjo en 2004 –explica–, cuando Paddy Ashdown, el alto representante internacional de la ONU en Bosnia-Herzegovina, intensificó el combate contra el crimen organizado. Aunque el objetivo de tal política no fue golpear a los criminales de guerra, ésta tuvo consecuencias sobre sus redes de apoyo y de financiamiento, como la mafia de Banja Luka –la capital de la República Serbia de Bosnia– y sobre personajes como Mandic, quien fue inculpado por la justicia bosnia por crímenes contra la humanidad.

Varios de sus guardaespaldas también fueron detenidos por la policía en 2003 y 2004. Es quizá en ese momento que Karadzic salió de Bosnia para instalarse en Belgrado como el doctor Dabic.

Golpe fatal

La protección de Karadzic llegó a ser “muy costosa” y complicada.Frente a ello, Karadzic se vio forzado a “cambiar de táctica”. En Bosnia-Herzegovina requería de guardaespaldas y automóviles blindados, debido a que en cualquier momento las fuerzas de la OTAN podían recibir la orden de capturarlo. En Serbia, bajo la personalidad del humilde doctor Dabic, lo que menos quería era llamar la atención.

El nacionalista Vojislav Kostunica –presidente de Yugoslavia de 2000 a 2003 y primer ministro de Serbia de 2004 a julio pasado– se hallaba “en el corazón de la red de protección” de Karadzic, afirma el mencionado artículo del periódico Danas.

El autor del artículo, el periodista Nicola Tomic, acusa: “Kostunica podía contactar a su antojo a Karadzic o Mladic. Él podía prevenirlos, directamente o por intermediación de Rade Bulatovic, director del BIA, y de Aca Tomic, jefe de la inteligencia militar, de cualquier acción emprendida en su contra por parte de sus adversarios políticos Rasim Ljajic y Vladimir Vukcevic”.

La salida de Kostunica del gobierno el pasado 7 de julio –luego de las elecciones anticipadas del 11 de mayo– y como consecuencia también la de Bulatovic, fue un golpe fatal para Karadzic. Su arresto tuvo lugar el mismo día que tomó el cargo como nuevo jefe de los servicios de inteligencia Sasa Vukadinovic, un hombre de confianza del presidente proeuropeo Boris Tadic.

Hartmann coincide en que mientras estuviera en el poder Kostunica, “Serbia era un país muy seguro para Karadzic”.

–Medios europeos han divulgado que la CIA participó en su captura. También se habla mucho de la presión que ejerció la UE sobre Belgrado. ¿Qué motivó esa actitud, tan distinta a la que usted describe en su libro? –se le pregunta a Hartmann

–La captura de Karadzic la llevaron a cabo autoridades de Belgrado alentadas por la comunidad internacional. Hubo un cambio en las potencias occidentales, pero casi imperceptible. De los países de la UE, Holanda fue el único que amenazó con no ratificar el Acuerdo de Estabilización y de Asociación con Serbia –un paso hacia su candidatura a la UE–, si el gobierno no entregaba a Karadzic y Mladic. Belgrado no tenía opción.

Sin embargo, Hartmann se muestra escéptica con respecto a la captura del general Ratko Mladic, jefe del ejército del Estado Serbio de Bosnia, quien comandó a las tropas que cometieron la masacre de Srebrenica (julio de 1995) y participó en el cerco militar a la ciudad de Sarajevo (1992-1995).

La experta explica: “Es más sencillo ubicar a Mladic que a Karadzic. El primero ha vivido en Belgrado muchos años, es miembro del ejército, el TPIY conoce varios de sus escondites, y se le ha visto en cafés, restaurantes y en partidos de futbol. Sin embargo, su captura es políticamente más complicada: Mladic es el nudo que enlaza a Serbia y su responsabilidad en los crímenes contra la humanidad cometidos en Bosnia-Herzegovina”.

Continúa: “Karadzic es un hombre de talla que Belgrado impuso en Pale (Bosnia-Herzegovina) para desarrollar su política de limpieza étnica, pero que ‘tomó el lugar del rey’ y se distanció de Belgrado. Mladic es un oficial que recibía órdenes del poder político de Belgrado y que estaba vinculado a éste. Entonces hay dos escenarios: si Serbia está realmente decidida a romper con su pasado, deberá entregar a Mladic pronto para que el TPIY acabe el proceso de ambos antes de que termine 2008. Juzgarlos por separado es absurdo. Además, así podrán avanzar rápido en su objetivo de ingresar a la UE porque los miembros del bloque europeo ratificarían el Acuerdo de Estabilización y Asociación.

“El otro escenario sería que Belgrado piense que, entregando a Karadzic, ya compró su boleto a Europa y van a calmar a la comunidad internacional, a las ONG y a las víctimas. Luego dirá que no encontró a Mladic. No hay que olvidar que todavía la clase política serbia se rehúsa a entregar documentos que considera incómodos y los cuales podrían revelar la implicación de Serbia en la guerra en Bosnia-Herzegovina”, concluye Hartmann.

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Las maniobras de Washington

Florence Hartmann*

(Traducción: Marco Appel)

Paddy Ashdown (diplomático inglés, alto representante de la ONU para Bosnia-Herzegovina, quien, según los servicios de inteligencia de Alemania, se reunió en secreto con Radovan Karadzic a finales de 2003) no logra convencer a Karadzic de dejar la región ni de rendirse.

El M16 (la agencia de los servicios secretos británicos) intenta en los meses siguientes presionar a los más cercanos aliados de Karadzic (para que él se entregue o se vaya de la región). El arresto de éste no es todavía una opción.

De cualquier forma, tres nuevas ocasiones de oro para arrestarlo se presentan al comenzar 2004. En los primeros días de enero, el presidente de la entidad serbia, Dragan Cavic, y el presidente del Parlamento bosnio-serbio, Dragan Kalinic, los dos en la dirección del SDS, el partido nacionalista serbio fundado por Karadzic en vísperas de la guerra, se?confrontan sobre la política a seguir. Kalinic le advierte a Cavic: “Voy a hablar con Radovan porque él es todavía el jefe”. Kalinic contacta entonces a uno de sus antiguos guardaespaldas, ahora al servicio de Karadzic: Bata Tesic, quien sirve de mensajero y se encuentra en la ciudad de Pale (en Bosnia).

Furioso, Cavic informa de la reunión a las fuerzas de la OTAN. A los estadunidenses ni siquiera se les ocurre poner a Tesic bajo vigilancia con el fin de que los conduzca hasta Karadzic. Arrestan a Tesic el 10 de enero, en Pale. La operación es presentada a la prensa como una tentativa de captura de Karadzic (…)

Karadzic está en Belgrado. Es en compañía de Dragan Kalinic que cruzó algunos días antes la frontera. El fugitivo debe someterse a una intervención quirúrgica (…) El 28 de enero de 2004, Carla del Ponte (fiscal del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, TPIY) es advertida de que Karadzic está bajo vigilancia policiaca y que su arresto es inminente, probablemente antes de que termine el día. Los serbios incluso?piden a los franceses encargarse de su transferencia a La Haya. Ello en detrimento de los estadunidenses, quienes intervienen ante los serbios para suspender la operación. La situación es candente entre los dos países tras la oposición de Francia a la intervención estadunidense en Irak (…)

Pierre Richard Prosper (embajador estadunidense para asuntos de justicia internacional) llega a La Haya el día siguiente. Ni siquiera menciona el asunto. La embajada de Estados Unidos en Belgrado ya informó a Del Ponte que esa historia había sido completamente inventada, que la iniciativa serbia había sido lanzada por un alto responsable ¡bajo los efectos del alcohol! Prosper afirma que el círculo se cierra en Bosnia alrededor de Karadzic. Ni una palabra sobre la presencia de éste en Belgrado.

Del Ponte solicita a Prosper hablarle en privado. “Arréglenselas para atrapar a (Ratko) Mladic y Karadzic. No quiero saber lo que pasó ayer porque todo mundo me miente. Pero yo quiero a los dos. Karadzic está todavía en Belgrado. No es tarde para actuar todavía”, le dice.

Prosper pide a Del Ponte tiempo para consultar con su gobierno. Desde Washington, llama a Del Ponte el 31 de enero de 2004 para decirle que recibió el aval.

Pero los estadunidenses no hacen nada. El 2 de febrero, el embajador de Estados Unidos en Belgrado, William Montgomery, afirma en los medios de comunicación serbios que su gobierno está satisfecho con la cooperación de Belgrado con el TPIY, la cual, dice, “concluirá con la transferencia de Mladic y Karadzic”.

Del Ponte va más allá el 9 de febrero en Bruselas. Anuncia a la prensa que Karadzic está en Belgrado. Javier Solana, el jefe de la diplomacia europea, replica: “Si es verdad, tenemos un serio problema”. Los estadunidenses no le perdonan a Del Ponte esta presión indirecta vía la prensa. Interrumpen durante varias semanas toda comunicación con la suiza y con su oficina.

El 20 de febrero de 2004, los investigadores de Carla del Ponte reencuentran a Karadzic en Bosnia. Acaba de dejar Belgrado y pasa algunos días de convalecencia en una casa ubicada a solamente unos cuantos kilómetros de la frontera con Serbia, en el pueblo de Zaovine. Los investigadores conocen el nombre del propietario y saben que el fugitivo pasará ahí la noche. La información es inmediatamente transmitida al comandante en Sarajevo de la SFOR (Fuerza de Estabilización de la OTAN en Bosnia-Herzegovina). Algunas horas más tarde, un helicóptero sobrevuela la zona, alertando así a Karadzic. Durante un año, Del Ponte pierde totalmente la huella de Karadzic (…)

En abril de 2005, un holandés contacta al tribunal de La Haya. Asegura que el 7 de abril vio a Karadzic en la terraza de un café en compañía de una mujer, en Foca (ciudad de Bosnia). Del Ponte le pide a la OTAN verificar la información. “Imposible porque Karadzic estaba del 6 al 8 de abril en Belgrado”, responden algunos días más tarde los responsables estadunidenses de la OTAN ¡que afirmaban hasta entonces haber perdido, ellos también, toda pista de Karadzic!

Disgustada, Del Ponte termina por pedir ayuda a la policía serbio-bosnia, poco fiable pero obligada a proveer un mínimo de cooperación con el TPIY. En julio, le solicita vigilar a la familia de Karadzic. Los desplazamientos durante el verano han sido con frecuencia la ocasión para que el fugitivo se reúna con los suyos, como lo testifican varias cartas halladas en pesquisas realizadas por la OTAN.

Del Ponte descubre a principios de agosto que la vigilancia ha sido suspendida. Ella se entera entonces que un oficial de la CIA se presentó, el 29 de julio, ante a los agentes bosnio-serbios para demandarles que suspendieran la vigilancia de la familia Karadzic, ¡con el pretexto de que se trataba de una orden de La Haya! Sorprendidas en la maniobra, las autoridades estadunidenses lamentan ante la procuradora del TPIY ese “error de comunicación”, sin?ofrecer mayor explicación.

* Periodista francesa, excorresponsal de Le Monde en Yugoslavia, vocera del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia de 2000 a 2006. Los fragmentos anteriores corresponden a su libro Paz y castigo, las guerras secretas de la política y la justicia internacionales. Proceso los reproduce con autorización de la autora.

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