Miep Gies: lucha contra el olvido

Posted on 4 diciembre, 2011

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Hasta ahora todavía hay quienes aseguran que el Holocausto y las atrocidades cometidas por los nazis en los campos de exterminio son mentiras. También sostienen que el Diario de Ana Frank es una invención creada con fines publicitarios. Para refutarlos, Miep Gies –la mujer que asistió a los integrantes de la familia Frank durante los dos años que permanecieron escondidos– dedicó la mayor parte de su vida centenaria. Y asumió su tarea como un apostolado a fin de que no se olviden los horrores provocados por el odio, la mentira y la deshumanización.

 (Artículo publicado en la edición del 28 de marzo de 2010 de la revista PROCESO)

ÁMSTERDAM.- Con la muerte de Miep Gies “el mundo perdió al último testigo de lo que le ocurrió a la familia Frank, y a una buena persona que ayudó a gente en circunstancias muy difíciles. Gies fue indispensable para que Ana Frank se convirtiera en un símbolo del Holocausto”, expresa Teresien da Silva al corresponsal.

Ella es la actual responsable de las colecciones que alberga la Casa de Ana Frank –ubicada en esta ciudad holandesa– y una de las pocas personas con las que Miep Gies mantuvo una comunicación frecuente durante los últimos años de su vida.

En entrevista realizada el martes 2 de marzo, Da Silva recuerda: “La conocí hace 20 años, cuando ella tenía 80 años. Nos convertimos en una especie de compañeras de trabajo. Visitaba la Casa de Anna Frank con frecuencia y guiaba visitas privadas. Con el tiempo, nos llegamos a conocer muy bien y hablábamos casi una vez por semana”.

Miep Gies, cuyo nombre real era Hermine Gies-Santruschitz, murió el 11 de enero pasado a consecuencia de una caída que sufrió el 17 de diciembre, la cual le causó una lesión en el cuello. Varios países le rindieron honores por haber ayudado a esconder a la familia Frank del régimen nazi y por preservar el diario que Ana escribió durante los dos años de su encierro.

“La última vez que hablé con Miep –detalla la entrevistada– fue el mismo día que se cayó. Le pregunté cómo estaba y me respondió que muy bien. Me acuerdo que se despidió de mí diciéndome: ‘todavía estoy fuerte’. Esas fueron sus últimas palabras en aquella conversación”.

Miep Gies nació el 15 de febrero de 1909 en Viena, actual capital austriaca, pero el desastre económico que había dejado la Primera Guerra Mundial en su país la obligó a emigrar a los 11 años a Holanda para residir con una familia adoptiva.

En 1933, cuando Miep tenía 24 años, el padre de Ana, Otto Frank –que acababa de huir de Alemania con su familia tras la llegada al poder de Adolfo Hitler–, la contrató como encargada del departamento de quejas e información de la fábrica de insumos alimenticios que él había instalado en la calle Prinsengrancht 263, cerca de la actual estación central de trenes de Ámsterdam.

Arriesgar la vida

En una entrevista con Menno Metselaar realizada en 1998, Miep Gies relató que en la primavera de 1942 Otto Frank le pidió que fuera a su oficina. Ahí le reveló que él y su familia se ocultarían en la parte trasera de la fábrica. Le preguntó si podían contar con ella para abastecerlos de víveres. “Por supuesto”, respondió. En total, cinco empleados de la entera confianza del señor Frank, uno de ellos Jan, marido de Miep, aceptaron guardar el secreto y prestarles ayuda.

El 6 de julio de 1942, Otto Frank, su esposa Edith y sus hijas Ana, de 13 años, y Margot, de 16, se mudaron al refugio, conocido como el anexo secreto. Después se les unieron otros cuatro amigos suyos que también huían de la persecución nazi emprendida contra los judíos.

Durante ese confinamiento, Ana escribió su ya famoso diario, publicado por primera vez en Holanda en 1947, y desde entonces traducido a más de 65 idiomas.

En tal diario, Ana habla de Miep Gies, a quien se refiere como Miep Van Santen. A veces lo hace con algo de humor. Un ejemplo: “11 de julio de 1943. Miep parece un verdadero burro de carga, siempre llevando y trayendo cosas. Casi todos los días encuentra verdura en alguna parte y la trae en su bicicleta, en grandes bolsas colgadas del manubrio”.

El 4 de agosto de 1944, un comando de cuatro agentes nazis entró a la fábrica y arrestó a los habitantes del anexo secreto, luego de una llamada anónima que los denunció. Las investigaciones realizadas hasta la fecha no han podido esclarecer quién alertó a la policía.

Gies recuerda que estaba sentada en su escritorio cuando de repente vio a un agente que le apuntaba con un revólver. Le ordenó quedarse sentada. Desde ahí escuchó a la familia Frank y los demás bajar lentamente la escalera y partir con los agentes.

Miep y Bep Voskuijl –otra mujer que ayudó a los Frank– corrieron al anexo secreto. En el suelo estaban regadas las hojas del diario de Ana. “Bep veía petrificada la recámara –evoca Gies– y le dije: ‘Vamos, hay que recoger todo’. Luego bajamos a la oficina y no sabíamos qué hacer. ‘Y ahora Bep, ¿qué hacemos?’ Ella me respondió: ‘Tú eres mayor, tú guárdalo’. Yo estuve de acuerdo”.

Gies guardó el diario en su escritorio. De los ocho ocupantes del anexo secreto sólo Otto Frank sobrevivió a los campos nazis de exterminio. Regresó en junio de 1945 a Ámsterdam, donde vivió un tiempo con Jan y Miep. Cuando se confirmó que Ana había muerto de tifus en el campo de Bergen-Belsen, Gies entregó el diario a Otto.

Compromiso

En la entrevista con Proceso, Da Silva describe a Gies como una mujer de carácter “tranquilo” y de diálogo “franco”.

En una excepcional y breve declaración a la prensa, difundida el 12 de febrero de 2009, a unos días de cumplir 100 años, Gies declaró a Associated Press que ella no merecía los múltiples reconocimientos a su valor: “Es muy injusto. Muchos otros hicieron el mismo trabajo o incluso más peligroso. A mí me gustaría mencionar a uno de esos héroes desconocidos: mi marido Jan. Él fue un hombre de la resistencia que nunca dijo nada pero hizo mucho. Gente como él existieron miles, pero jamás escuchamos de ellos”.

Da Silva confirma que Miep era muy modesta; “no le gustaba que la consideraran una heroína, realmente le molestaba mucho”.

Y agrega: “La historia de Anna Frank nunca terminó para ella. En 1997, Miep sufrió un derrame cerebral; dejó de viajar, dejó de dar entrevistas, ya no le gustaba que le tomaran fotos… Los últimos 15 años de su vida los pasó más dedicada a ella, sin tener contactos personales, pero aún así recibía cartas de todas partes del mundo sobre cuestiones relacionadas con Ana Frank”.

En 1987, el director de cine Jon Blair realizó un documental basado en el libro de memorias que publicó Gies en 1987 titulado Anne Frank Remembered. El documental ganó un premio Oscar en 1996.

En una entrevista que Blair concedió en enero a la revista People, narró una anécdota que demuestra el profundo cariño que Miep tenía por Ana. Dijo que el 25 de marzo de 1996 él y Gies se dirigían a la ceremonia de los premios Oscar para recoger su estatuilla dorada y de pronto la mujer le confesó: “Blair, Ana siempre quiso ser una escritora famosa. Siempre quiso venir a Hollywood. Esa es la única razón por la que vine”.

Combate final

Con la publicación del Diario de Ana Frank, Gies asumió una nueva misión: combatir a aquellos que negaban la autenticidad del escrito. A pesar de que serias investigaciones –como las realizadas por el Instituto Forense de Holanda– han probado la autenticidad del documento, los negacionistas aseguran que se trata de una invención.

Entre 1959 y 2000, en Alemania y Holanda se han llevado a cabo cuatro largos procesos judiciales contra negacionistas del diario, quienes salieron derrotados en todos los casos. Gies debía asistir a los juicios como testigo principal, lo que suponía momentos de fuerte tensión al tener que confrontarse con los acusados.

En un artículo aparecido el 18 de noviembre de 1989 en el diario holandés De Telegraaf, el periodista Jos Hagers narra lo que ocurrió cuando Miep rindió su testimonio dentro de la causa contra el neonazi alemán Edgar Geiss, la cual se desarrolló entre 1979 y 1992 en los tribunales de Hamburgo.

Hagers expone que Gies explicó al juez que ella misma le había proporcionado a Ana los cuadernos y las hojas sueltas en los que ella escribió su diario, y detalló la manera en que lo rescató.

Al término de su declaración, Geiss la increpó ferozmente y dijo que ella había hecho todo eso “porque estaba ciega de odio contra los alemanes”. Miep le respondió que en el pasado los había odiado, “pero ahora ya no”.

–¿Qué efecto tenían sobre ella la realización de tantos procesos? –se le pregunta a Da Silva.

–La fatigaban. El ascenso de la extrema derecha y la existencia de gente que negaba la autenticidad del diario de Anna Frank eran temas en los que se implicaba por completo. Ella me decía: “¿cómo es posible que la gente pueda negar una historia que ha causado tantas víctimas?”. No podía comprenderlo y se enfadaba. Sin embargo, siguió su lucha para darle a conocer a la gente lo que ocurrió a la familia Frank. Se dedicó activamente a contestar las cartas que recibía. Una vez me mencionó que ninguna carta se quedaba sin respuesta.

–¿Cómo veía Gies el ascenso de la extrema derecha en Europa, y en particular en Holanda?

–Por supuesto que le preocupaba mucho. Le causaba enojo. Pero también le inquietaba la situación internacional. Un día, hace tres años, me confesó: “Teresien, todas estas noticias me dan miedo”. Ella estaba muy al tanto de la actualidad mundial: tenía la costumbre de leer diariamente dos periódicos y solía ver los noticiarios de televisión.

–Usted que conoció bien a la señora Gies, ¿cómo podría resumir su manera de pensar?

–Siempre me decía que la gente tenía que aprender a escuchar a los otros, aprender a comprenderlos. Esa era su filosofía de vida.

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